Los tiempos cambian mientras la Iglesia Católica, que también intentó cambiar en el Concilio Vaticano II, ha tomado el tren de la vía equivocada gracias al cardenal Antonio María Rouco Varela y al actual Papa Benedicto XVI. La expresión que utilizan para “reorientar a su rebaño” es que el mayor peligro que acecha a la sociedad es el “relativismo”. Contemplan cada vez menos feligreses en misa, menos vocaciones en los seminarios, más transformación de las fechas religiosas en períodos de descanso y ocio. Aquellos tiempos del ayuno y del cine religioso, han ido difuminándose conforme la sociedad dejaba de creer en los Reyes Magos que si permanecen es como competidores españoles del gordinflón finlandés que viste los colores de Coca-Cola.
Siglos sombríos de la Edad Media, sustituyeron al esplendor del de Pericles, el de la Roma desvergonzada y el de un Islam que vivía un hedonismo triunfante. La Iglesia se propuso como salvación para lo que empezó por describir un mundo plagado de monstruos que se asomaban con cautela en los torreones de las catedrales y a veces en posturas lascivas queriendo recordar el infierno para algunos y la gloria para los más. Las vidrieras intentaron borrar la realidad en tanto la alta bóveda ampliaba voces amenazantes y el incienso abotargaba los sentidos del que buscaba salvación. El negro completaba el paisaje de una existencia que había venido a este mundo para adorar un Dios despiadado y fatuo que nos perdonaba la vida que no habíamos vivido y nos prometía otra que nadie había comprobado.
Pero el ser humano, poco a poco, con paciencia, se fue liberando de los grilletes que atenazaban sus tobillos, y echó a andar sorteando los escollos que la Religión había colocado en su camino. La Transgresión permitió el Renacimiento, un regreso a la alegría de vivir, de sentirse reconciliado no con un dios taciturno y antipático sino con todas las deidades de la Antigüedad. Un Zeus juguetón, rodeado de dioses tremendamente humanos. Del Dios, creador de los hombres a su imagen y la mujer salida de una de sus costillas, regresábamos a una pléyade de dioses creados por la imaginación de los hombres a su imagen y medida.
La Iglesia Católica, Apostólica y Romana se ha opuesto siempre, y sistemáticamente, a que el ser humano se fije los límites de su felicidad. Tenía que estar sujeto, desde la cuna al sepulcro, al canon impuesto por una oligarquía de supuestos intérpretes de designación divina que nos acompañaban toda la vida intentando ahogar nuestro deseo de respirar libremente. En África, cuando un animal camina con paso tembloroso, aparecen en los árboles que jalonan su caminar, unas aves negras que lo acechan esperando el último traspié. Son los buitres.
El ser humano ha conquistado poco a poco, sus libertades. El señor feudal convertido en cacique subsiste en ciertas zonas subdesarrolladas. En el resto del mundo hay otros modos de mover a la gente. La enfermedad ha ido retrocediendo, las costumbres se han mantenido pero con distintos significados. Son pompa teatral disfrazada de trascendencia. Hoy, el mayor apoyo de la Iglesia es la mujer esa que se fabricó con una costilla de Adán, la que no puede ser intermediaria entre los hombres y Dios, la que todo el mundo implora con el nombre de mil Marías. Para consuelo, se la deja vestir vírgenes que no son más que Barbies recargadas de ropajes y barrocas e inverosímiles joyas. La familia cristiana debe inspirarse en la Familia Santa, esa en la que la madre es virgen y la fecunda una paloma. Como modelo, no es fácil identificarse con él.
El milagrismo, con el tiempo, ha pasado de brujas y religiones a videntes y televisivas lectoras del Tarot. Benedicto y Rouco nos vaticinan el infierno, cuando Juan Pablo II dijo que no existía, y hoy la gente queda desorientada viendo a la Jerarquía Eclesiástica metida en política, anunciar su mercancía en televisión para recaudar más dinero mientras los pocos fieles que acuden a la misa dominical reciben la comunión después de haber divorciado o pegado una paliza a su mujer. El aborto lo practica la misma naturaleza (Dios para los católicos) cuando ve que el proyecto de ser humano le está saliendo defectuoso. ¿Quiere decir que Dios también se equivoca? ¿Es posible que lo que es un asesinato para los católicos fundamentalistas no lo sea para su Dios?
El laicismo no es anticlericalismo sino dejar al individuo que adore a quien le plazca sin obligar a los demás a hacer lo mismo. Es más, que respete a quienes han decidido no adorar a nadie. Que Cañizares hable de “cristofobia” es delirante. Simplemente no hay razón para que en escuelas públicas, donde hoy se codean niños y niñas de religiones diferentes, los símbolos de los católicos se impongan sobre esos otros alumnos que se suponen iguales a todos. El catecismo y el estudio de las normas que regulan la vida de los demócratas, son cosas diferentes. Hay una “Educación para la Ciudadanía” que se imparte en toda Europa sin que a nadie se le ocurra acusar, a gobiernos de izquierdas o de derechas, de estar adoctrinando a los niños. Lo que sí es adoctrinamiento descarado es la clase de religión “católica por supuesto”, que durante siglos ha inculcado unas creencias determinadas, y que permiten dominar al receptor de estas, desde su bautismo hasta la extrema unción. Cada vez hay más católicos “de fábrica” que mantienen la parte de esas creencias que les conviene y se olvidan del resto. Hasta en ese terreno, de América están llegando, con la inmigración, creencias desprendidas del mismo tronco romano pero con ritmo de salsa. Pedir, en nombre de la Transición, el olvido de “los asesinados de las cunetas” cuando se está incoando la beatificación de 10.000 víctimas de “los rojos”, y ya se han beatificado 500, parece un acto de cinismo sin parangón, señor cardenal.